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    2019-04-11

    Si los sicarios y sus cárteles ejercen un oficio de tinieblas, donde “madrugar” es uno de los ejes rectores de un México violento, zafio, “kafkiano” y pulsante de impunidad, para Juan Villoro: Circunscrito por el crimen, la miseria y la muerte, el tema de una juventud cercada por la violencia es transversal ctap lo largo de La esquina de los ojos rojos. Viviendo y transitando por inercia el caos del Barrio y de la Ciudad de México, la obra realiza una profunda exploración de culturas ya hibridizadas, que han entremezclado la furia urbana con el resentimiento o la codicia en los personajes más jóvenes del relato. En ellos, especialmente, recae la muerte y la tragedia como creencia, como destino. También sobre ellos recae el peso de una urbe, de un territorio que a la manera de un nido colapsado, sobrevive por la venganza, la enfurecida necesidad del desagravio y la reivindicación personal. Entre el hacinamiento, entre muros salitrosos que sostienen las desvencijadas vecindades y calles de Tepito, se erigen los escenarios, idiosincrasias y credos que ya habían sido registrados, anteriormente, por la literatura mexicana: De la descripción de los escenarios barriales de Armando Ramírez en la época contemporánea, Rafael Ramírez Heredia muestra, ahora, un Barrio alejado de todo folclorismo: presenta escenarios “en una zona que anticipó por mucho la estética de Blade Runner” Ahí han crecido sus jóvenes, en medio de un despeñadero de expectativas, valores y metas. Esta realidad arroja una estrujante concientización sobre la juventud que habita en América Latina: La tremenda violencia que se desarrolla en este barrio y envuelve a los jóvenes sicarios de La esquina de los ojos rojos sólo empata en intensidad y reciprocidad—como se ha mencionado— con la realidad e idiosincrasia de aquella cultura latinoamericana donde, en los últimos tiempos, se perciben fuertes nexos culturales y criminalísticos con la realidad mexicana: Colombia. Su realidad más próxima, recreada en obras como La virgen de los sicarios de Fernando Vallejo, ha también vistos reactualizados sus propósitos de verosimilitud e hiperrealismo en obras como Satanás, de Mario Mendoza o La bestia desatada, de Guillermo Cardona. Se trata —hoy por hoy— de una narrativa ya totalmente desvinculada del realismo mágico de años atrás. Desde una postura realista, subjetiva e involucradora pero absolutamente crítica, esta nueva literatura colombiana ha venido afrontando los desajustes y desaciertos de lo real maravilloso, el surrealismo o el cariz folclórico con que la literatura de estas latitudes había simbolizado, idealizado y maquillado un país complejo e híbrido con dramáticos claroscuros políticos y sociales, producto de la miseria, el terrorismo y el narcotráfico. La pobreza cultural resultante de todos estos factores ha arrojado una postura marcadamente nihilista, proclive a la violencia, al crimen, al mal como encauzador moral y a la entronización de una nueva máxima de lo relativo, pues como se lee en Satanás: “vivir en el límite y en la diferencia cansa, agota y genera un aturdimiento que impide cualquier tipo de equilibrio espiritual”. Los escritores colombianos —como los mexicanos— han asumido una conciencia vívida y desangelada de la distopía, de la fractura de los ideales y de la fe: “El infierno es aquí y ahora […]. A ese Dios suyo del que me habla, sólo lo conocen los privilegiados como usted, el dos o tres por ciento de la población. El resto conocemos la ira y el maltrato de un Dios sordo y despiadado”. Con un paisaje roto como telón de fondo el Barrio de Tepito es, también, una trampa mortal para sus habitantes así como lo han sido, literariamente, los agónicos escenarios de Medellín o Bogotá, por cierto, revisitados y cuestionados también en todos sus estereotipos nacionales y mestizos a través de una mirada inconmovible, desvelada, profunda y dura: La esquina de los ojos rojos en este sentido participa, como otras obras contemporáneas mexicanas, en la exploración y reflexión literaria de las posibilidades limitadas de lo que significa la vida en una trampa, particularmente, en la capital del país: