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  • br Agradezco a Rosa Mar a o Mirna Paiz

    2019-05-15


    Agradezco dpn Rosa María o Mirna Paiz Cárcamo la decisión de escribir sobre su experiencia vital en la insurgencia guatemalteca en los años sesenta y, sobre todo, la decisión de publicar sus escritos. Desde la presentación del libro se entiende que en la primera decisión tuvo un papel importante el periodista y poeta guatemalteco Arqueles Morales quien influy6 en Ia propia Mirna para escribir sus recuerdos. Entiendo que en la segunda decisión, la de publicar dichos recuerdos, pesó la intervención de la profesora Gabriela Vázquez, quien además funge aquí como cuidadosa editora de los textos, presentadora y estudiosa de la realidad guatemalteca. En ese sentido, el libro es producto de cierta complicidad entre varias personas, un pacto feliz diría yo, que permite tener en nuestras manos un libro dividido en tres partes que se complementan. Una primera parte, a cargo de la profesora Vázquez, donde se entreteje la historia de Guatemala con la historia personal y familiar de Mirna Paiz. “Hilvanar los recuerdos con la historia”, es el acertado título que lleva este segmento, en el cual el lector comprenderá el contexto histórico que explica la participación de la familia Paiz Cárcamo en la lucha por la liberación de Guatemala. Aquí observamos que la decisión de sumarse a la insurgencia es producto de todo un proceso en el que se vio envuelta la familia, a partir de ese periodo vivido entre 1944 y 1954 que Luis Cardoza y Aragón recordaba como una breve primavera para un país dominado durante más de 70 años del siglo XX por dictaduras militares. Se trata de un momento político presidido por los gobiernos democráticos de Juan José Arévalo y Jacobo Arbenz, cuando se llevaron a cabo reformas democráticas y nacionalistas, dentro de un orden jurídico estrictamente liberal, sin radicalismos de ninguna especie. La breve primavera guatemalteca fue cortada de tajo por un golpe militar orquestado por Estados Unidos ya en plena histeria anticomunista dentro del marco de la Guerra Fría. Frente a la brutal violencia de Estado, el pueblo guatemalteco respondió con la organización de guerrillas y de movilizaciones sociales a cuyo destino se ligaron las hermanas Paiz Cárcamo y sus padres, el coronel Julio César Paiz y doña Clemencia Cárcamo.
    Los diez trabajos reunidos en este libro despliegan una pluralidad de perspectivas sobre la aportación al nacionalismo cultural latinoamericano, durante la primera mitad del siglo XX, por parte del mexicano José Vasconcelos (1882-1959) y del ecuatoriano Benjamín Carrión (1897-1979). La tendencia general de los articulos compilados, casi todos firmados por academicos formados en universidades de Estados Unidos, es desestabilizar el objeto de estudio antes que fijarlo en un preciso de indagación epistemológica. Con cierto afán de originalidad algunos académicos, basados en confusas perspectivas actuales, acusan a Vasconcelos y a Carrión de burgueses idealistas, de adoradores de la cultura occidental, que pontificaron desde el altar de su clase social una educación “estética” y confusamente “democrática”. Tales perspectivas pueden comprobarse en los respectivos ensayos de los dos editores del libro, Juan Carlos Grijalva (Assumption College) y Michael Handelsman (University of Tennessee, Knoxville). El artículo de Michael Handelsman se titula “Visiones del mestizaje en de José Vasconcelos y de Benjamín Carrión”. En él, acusa de “iluso” el pensamiento de Vasconcelos (aunque al menos reconoce que es pensamiento), y se jacta de señalar que lo realmente evidente en la propuesta de Vasconcelos, no es tanto la plena incorporación del indígena al mundo de habla española, como “el ensueño y la nostalgia por una Castilla todopoderosa hecha trizas desde 1898” (p. 40). Handelsman olvida señalar que la “hispanofilia” de Vasconcelos obedece a su “anglofobia”, es decir, a su denuncia contra el imperialismo de Estados Unidos. Para Vasconcelos, el puritanismo anglosajón representa un elemento de desunión y destrucción en comparación con la integración o el “mestizaje” que permitió o toleró el catolicismo durante el imperio español, aun con todos sus defectos. Al hablar de de Benjamín Carrión, Michael Handelsman encuentra muy reprochable llamar “generosa y viril la semilla de la universalidad hispánica”. Su artículo concluye sobre la necesidad de abandonar las “promesas monoculturales y de matiz colonial de los maestros José Vasconcelos y Benjamín Carrión” (p. 55). Lo curioso es que más abandonadas no pueden estar tales promesas. Vasconcelos y Carrión son ya muy poco leídos. ¿Abandonar sus propuestas a cambio de cuáles otras? ¿De la multiculturalidad de Estados Unidos, es decir, de la división en comunidades de “blancos”, “latinos”, “indígenas”, “afros”? Cierta vaguedad en los juicios de Handelsman no permite sacar una conclusión en concreto.