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    2019-05-16

    Como ha destacado Leonardo Tarifeño, “su obra nace de un malestar con el mundo que se estetiza para revelarse, y en ningún caso para ocultarse o refinarse” (75). Este malestar, aunado al afán realista localizable en su trabajo produce una búsqueda de elementos para acercar al lector con diversas facetas de la simulación persistentes en los campos literario y artístico en el caso de los cuentos aquí revisados. A este respecto, ha señalado Ignacio Solares que el arte de Serna “consiste en una serie de procedimientos encaminados Cyanine3.5 carboxylic acid Supplier hacernos más persuasiva la ilusión realista […], a comunicar al lector la sensación de estar siendo directamente enfrentado a la vida” (92). Este efecto es logrado a partir de una puesta en escena de las situaciones narradas, donde quedan en primer plano los juicios de sus participantes y se propone una distancia de cualquier voz autoral o narrativa que pueda tener privilegios interpretativos sobre el universo narrado. De esta forma, el lector se enfrenta a los relatos equipado con su propia experiencia y prejuicios sobre el campo cultural. Puede adelantarse que la ironía presente en ellos adquiere una dimensión pragmática que atraviesa el discurso y adquiere valor contextual, más allá de su función semántica (cfr. Hutcheon: 174-176). De esta forma, el texto exigirá al lector poner las diversas situaciones narrativas en perspectiva y replantearlas en función de un cuestionamiento a la honestidad de nuestra propia participación en estos juegos de poder y reconocimiento. Desde el punto de vista de Serna, este afán realista es también confrontador, y apunta: “como vivo en un país avergonzado de su realidad, cualquier acercamiento a ella está mal visto por el establishment cultural que en este caso imita las élites económicas” (citado por Martínez: 251-252). El juego es doble y conduce a la paradoja: los textos de Serna apuestan por la neutralización de una voz que tome partido o elabore un juicio explícito de sus personajes y su comportamiento; sin embargo, la misma codificación textual exige al lector esta posibilidad interpretativa, sin la cual pierden sentido los relatos. Serna ha afirmado sobre este aspecto: “No me siento juez de la sociedad, como para repartir penas y absoluciones” (en Jeannet: 153); y reitera que su pretensión es únicamente realista. Con todo, es importante subrayar que se trata de un realismo irónico, es decir, una exposición de las situaciones y los juicios donde impera la exigencia a monoculture una doble lectura, principalmente, la puesta en duda de la validez y motivación de los puntos de vista de los diversos enunciadores, mediante su confrontación con las perspectivas de la trama y del lector. Como ha destacado Linda Hutcheon, “la función pragmática de la ironía consiste en un señalamiento evaluativo, casi siempre peyorativo” (176). Los cuatro cuentos que voy a comentar se arman de este procedimiento para su elaboración crítica. En ellos, la pluma de Serna no se detiene ante el cuestionamiento mismo del valor del objeto artístico —la literatura incluida— y los absurdos derroteros de autores y críticos para participar de diversas estrategias de legitimación, conservación y pretendida consagración dentro del campo intelectual.
    La exaltación crítica y el reconocimiento público Incluido desde la edición de 1991 de Amores de segunda mano, el cuento “Hombre con minotauro en el pecho” aparece, por lo menos, en un par de conocidas antologías sobre narrativa mexicana. A decir de Christopher Domínguez Michael, lo que llama su “altísimo valor antológico” (1647), radica, entre otras cosas, en su “ambición por revisar el realismo de consecuencias inéditas” y construir lo que el crítico considera una propuesta hiperrealista (1461). Más allá de este reconocimiento —valor que los mismos cuentos tratados ponen en entredicho—, es destacable en este texto la utilización de una voz narrativa en la primera persona del protagonista que permite acompañarlo en una exposición autobiográfica ficcional de su despersonalización a raíz de haber sido tatuado en el pecho por Picasso con un minotauro. La temática es por sí misma ya muy sugerente.